Más de veintisiete años de no tenerla y aún puedo percibir el olor de su piel, el sonido de su voz, el calor de su abrazo y su inexplicable mirada, esa mirada tan especial que siempre me enviaba mensajes cuando nuestros ojos se encontraban. Pocos años la disfruté pero fueron suficientes para tener una presencia continúa en cada paso de mi vida. Su lugar lo llenó la abuela, una grandiosa mujer que contaba historias y que me aseguraba yo era el preferido por ser “negrito”. Querida por todos quienes la conocían y con el mayor número de “nietos” que he sabido, le surgían de forma espontánea pero explicable. Bastaba cualquier frase que soltara para sentir que ya la amabas.
Con ella estuve más tiempo, era amorosa, platicadora, bromista y ocurrente ¡que bien nos la pasábamos! a su sepelio, al igual que el de mi m adre, acudieron muchísimas personas, lo cual no fue hecho fortuito. A ambas las añoro pero no las lloro. Les di lo que de acuerdo a mi edad y posibilidades pude y les aprendí el amor a la vida. Cada día era una hazaña, un reto, una oportunidad. Que bien me siento que les di el tiempo exacto y les dije las palabras correctas. ¡Felicidades donde se encuentren! Tuve el privilegio que fueran ellas las que me tocaran. Como dijera el maestro Sabines: ¡Que Dios bendiga a Dios!
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