Al pasar los días fue tanta su insistencia sobre el tema que lo acompañé a aquel norteño pueblo. Esperamos la llegada de la media noche, me enseñó el sendero y me encaminé solo por el oscuro camino; de pronto sentí una gran luz que iluminaba todo el trayecto, los perros ladraban y un gran número de aves rondaba alrededor mio, pese al miedo poco a poco me seguí acercando, sentía cómo mi corazón agitaba su latido y al ver esa imagen sólo alcance a decir: ¡No, Imposible, no puedo creerlo!
Era una mujer joven, alta, delgada, de cabello largo, grandes ojos y rojos y carnosos labios que sólo se abrieron para decirme, ¡te estaba esperando! Y de inmediato pensé ¡no, imposible, no puedo creerlo!
Ella, extendió sus brazos y pude apreciar su perfecta silueta a través de su transparente bata blanca, no pude negarme, ¿quién podía hacerlo? Me fui acercando, la tomé de la cintura y sentí algo extraño, justo a milímetros de rozar sus labios miré directamente a sus ojos y pude verla ¡La Muerte! Recordé de la advertencia del joven campesino y dije aterrado ¡No, imposible, no puedo creerlo!,
Un frío aire sentí en todo el cuerpo, empecé a correr en esa oscura noche entre matorrales, seguido por una jauría de perros que feroces querían alcanzarme. En medio de la desesperación las piernas me traicionaron y caí de rodillas mientras las palmas de las manos se arrastraban entre ese áspero polvo. De inmediato sentí un fuerte apretón en el brazo derecho y escuché una voz que en primera instancia parecía lejana, para después claramente decir: Julio, levántate, ya son las siete, tienes que ir a trabajar. Sudoroso, agitado, alcancé sentarme en la cama, las manos taparon mi cara, respiré profundamente y solo alcancé a exclamar ¡No, imposible, no puedo creerlo!
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